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Pintura y grafías. Un dialogo urgente en una época sin futuro.

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La grafía existe en la pintura desde la antigüedad, pero esta adopta un nuevo valor con las vanguardias artísticas a partir del Siglo XX; con el Cubismo sintético, con Guillaume Apollinaire y sus caligramas y con el Letrismo de Vanguardia, por ejemplo. El Expresionismo abstracto y los movimientos pictóricos de posguerra europeos, además, contribuyeron a ese fortalecimiento de las grafías como forma conceptual de la imagen. A partir de la posmodernidad se propone una resignificación y reinterpretación del hecho artístico. Se apunta a una preocupación por el presente y lo inmediato, por lo alternativo, por el contraste de estilos y la diversidad de opciones expresi¬vas. El contexto social del momento, en pleno auge del movimiento Punk, propició una postura que supuso trascender los parámetros más tradicionales y asumir la naturaleza plural de diversas áreas artísticas para generar nuevos diálogos. Las grafías, entonces, constituyen parte de la superficie pictórica y reciben, a su vez, un nuevo destino representativo en el espacio de la imagen. En estos territorios la dicotómica grafía-pintura es entendida como asunción, como signo de identidad consolidado. Este artículo representa un acercamiento a esa relación entre grafías y pintura, con marcada representación en los años 80, y que ha favorecido un discurso ecléctico dentro de la pintura, marcado por un proceso liberado de sus propios límites y liberado de las barreras de las propias disciplinas. Los límites expresivos de la pintura avanzan hacia nuevos territorios híbridos que responden a la demanda más urgente.

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Introducción. La grafía nunca estuvo lejos de la pintura

La grafía existe en la pintura desde la antigüedad, pero esta adopta un nuevo valor con las vanguardias artísticas a partir del Siglo XX; con el Cubismo sintético, con Guillaume Apollinaire y sus caligramas y con el Letrismo de Vanguardia, por ejemplo. El Expresionismo abstracto y los movimientos pictóricos de posguerra europeos, además, contribuyeron a ese fortalecimiento de las grafías como forma conceptual de la imagen.

A partir de la posmodernidad se propone una resignificación y reinterpretación del hecho artístico. Esto supuso un corte radical contra las prácticas y el discurso de la modernidad y sus doctrinas más legitimadas. Se apunta entonces a una preocupación por el presente y lo inmediato, por lo alternativo, por el contraste de estilos y la diversidad de opciones expresi­vas que apoyan el individualismo en un impulso porque el arte se identifique con la vida. Como apunta Simón Marchán Fiz: “pareciera como si la mezcla se transformara en algo híbrido e impuro, abandonando la noción de lo específico de cada arte, con objeto de ofrecer una banalizada y efímera «obra de arte total” (1986:311).

Siguiendo con ese corte de radicalidad con las doctrinas más ortodoxas el contexto social del momento, en pleno auge del movimiento Punk, propició una postura que trascendió, en mayor medida, los parámetros más tradicionales asumiendo la naturaleza plural de diversas áreas artísticas para generar nuevos diálogos. Las grafías, entonces, constituyen parte de la superficie pictórica y reciben, a su vez, un nuevo destino representativo en el espacio de esa imagen. En estos territorios la dicotómica grafía-pintura es entendida como asunción, como signo consolidado y como respuesta a la com­plejidad del mundo posmoderno. Aquí se retoma un acercamiento a esa relación entre grafías y pintura, con marcada representación en los años 80, y que ha favorecido un discurso ecléctico dentro de los paradigmas pictóricos. Siguiendo a Loreto Blanco en su Tesis Doctoral Pintando con la palabra. Análisis y experimentación (1993:8-9):

“La actualidad más reciente de los años 80 no supone una excepción a esta actitud, sino por el contrario, podemos ver cómo el pintor, o artista plástico sigue eligiendo, y cada vez más asiduamente, la palabra como medio expresivo y plástico. La palabra como un elemento pictórico más que enriquece la obra y puede servir incluso al artista como hilo conductor a la hora de producirla.”


La escritura como detonador y seña de identidad

El fenómeno punk, aquel que transformó por completo la escena musical a finales de la década de los años 70, acabó por influenciar a otras manifestaciones como el arte, la moda o el diseño. Esa demanda por responder a los flujos enérgicos del contexto social, parte de una necesidad que amplía los campos de la expresión fusionando las barreras de las diferentes manifestaciones. En un contexto específicamente pictórico podríamos decir que toda esa disposición musical se traslada a su paradigma expresivo, concebido este en su sentido espacial, el de la imagen. Ese vitalismo fecundo característico de todo lo que suponía el fenómeno sociocultural del punk se traduce en los territorios de la pintura en obras rápidas, de poca resolución formal y estética a menudo agresiva.

Marcado por un proceso liberado de sus propios límites y liberado de las barreras de las propias disciplinas, las fronteras expresivas de la pintura avanzan hacia nuevos territorios híbridos que responden a la demanda más urgente. La negación y la proclama de libertad e individualidad, esenciales del espíritu de lo Punk, significará una autonomía en la expresividad pictórica, despojándose de reglas y formas de legitimidad. Los cimientos de las jerarquías compositivas se perturban mediante mecanismos que son capaces de responder a su proclama anti, consolidándose una fórmula de radicalidad, de quebrantamiento, donde destacará la prioridad absoluta de la autoexpresión mediante el Do It Yourself. Así, la rapidez y la brusquedad derivada de la emergencia expresiva; la improvisación; libertad del proceso creativo; la reutilización y el eclecticismo son las consignas de esa pintura de lo punk. Siguiendo a David G. Torres: “los componentes estéticos (basados en lo provisional, en la reutilización, en la emergencia, en lo inacabado) funcionaban como puerta de entrada y como base del discurso, como elementos fundacionales y no accesorios” (2015:206).

En esa periferia de lo punk podríamos destacar a dos artistas que utilizan ese mestizaje entre la pintura y las grafías como intrínseco a su proceso creativo: el norteamericano Jean Michel Basquiat y el alemán Martin Kippenberger.  Ambos desencadenaron por una praxis marcada por la mentalidad punk, donde los componentes textuales aparecen como elementos re­currentes. Abarcar diversos elementos, como las grafías, para acabar fusionán­dose con la pintura, responde a una constante afirmación de necesidad expresiva que se presenta dispuesta y abierta a nuevos paradigmas en una concepción transdisciplinar de la experiencia artística. La inquietud por la autoexpresión lleva al artista a ampliar sus horizontes de actuación, guiado por esa necesidad de expre­sión entendida esta como ímpetu de creación con cualesquiera que sean los medios.

En Basquiat, principalmente en las obras del último periodo de su carrera, las palabras nos acercan a una idea de poesía visual marcada por cierto conceptualismo, donde la complejidad de la simbología de las palabras choca con unas obras carentes, a menudo, de figuras o referentes icónicos. Los componentes textuales se convierten en un mecanismo automático de crea­ción cuando el artista encuentra y reproduce sobre diferentes soportes frases y palabras (Clement, 2003). La “palabra” como elemento significativo cobra especial protagonismo también en Martin Kippenberger. Los referentes populares, figuras, arquitecturas, retratos, símbolos, y los valores autorreferenciales, se mezclan con cierta necesidad por el arte de la escritura y la tipografía. Las palabras ya no son únicamente un elemento más de la obra, sino signos que aportan lectura y comprensión y que se advierten como potencia­dores del contenido.

En los territorios pictóricos a partir de la posmodernidad encontramos un detonador de componentes textuales con múltiples comportamientos como collage, letras aisladas, textos completos o textos manipula­dos que apoyan ese enunciado ecléctico beneficiando la pluralidad que se encamina hacia la plasticidad asociable a lo Punk. Esa plasticidad, con claros ecos dadaístas, utiliza los desperdicios, los residuos y lo trivial del mundo en una idea de reciclaje para ofrecer una resignificación en la expresión (Anscombe, citado en Greil, 1993). La escritura aparece como seña de identidad para contrarrestar la super­ficie homogénea de las imágenes y añadir caos y confusión mediante valores desestabilizadores. Las palabras y su instauración en el cuadro crean un enfrentamiento dificultando la lectura plana en favor de un quebrantamiento de determinados códigos de orden formal.

 

Echar la vista atrás

Esa fusión entre escritura y pintura que encuentra precedentes en las vanguardias, en movimientos pictóricos de la segunda mitad del Siglo XX, y que destacó a partir de la posmodernidad, abrió nuevos conceptos y caminos dentro de en un universo pictórico. En el seno del fenómeno punk, y dentro de ese marco posmoderno, ese dialogo entre pintura y escritura apunta a una transdisciplinariedad en la que estas disciplinas interactúan recíprocamente dando como resultado una producción híbrida convertida hoy en seña atemporal y consolidada dentro de los márgenes de la pintura.

¿Podríamos hoy volver la vista atrás y retomar aquella energía en esta nueva época sin futuro con tanta falta de entusiasmo?


Referencias:

Blanco, L. (1993). Pintando con la palabra. Análisis y experimentación. (Tesis doctoral). Universidad Pública del País Vasco. Lejona.

Clement, J. (2003). La viuda Basquiat. Una historia de amor. Barcelona: Random House Mondadori.

Emmerling, L. (2003). Jean Michel Basquiat. Alemania: Taschen.

Feyerabend, P. (2007). Tratado contra el método. Esquema de una teoría anarquista del conocimiento. Madrid: Editorial Tecnos.

G. Torres, D. et al. (Autor), (2015). Punk. Sus rastros en el arte contemporáneo. Madrid: CA2M Centro de Arte Dos de Mayo.

Greil, M. (1993), Rastros de carmín. Una historia secreta del siglo XX. Barcelo­na: Editoral Anagrama.

López, A. J. (2011). Kippenberger: el artista punk. Diario SUR. Edición digital. Recuperado de http://www.diariosur.es/v/20110216/cultura/kippenberger-artista-punk-20110216.html

Marchán, S.  (1986). Del Arte objetual al Arte de Concepto (Epílogo so­bre la sensibilidad Posmoderna). Madrid: Ediciones Akal.

Smith, R. Martin Kippenberger, 43, Artist of Irreve­rence and Mixed Styles. New York Times. Edición digital.  Recuperado de http://www.nytimes.com/1997/03/11/arts/martin-kippenberger-43-artist-of-irreveren­ce-and-mixed-styles.html

Stewart, H. (2002), El asalto a la cultura: movimientos utópicos desde el letrismo a la Class War. Barcelona: Virus Editorial.


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Janire Sagasti Ruiz (Spain) 6554
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